
Mi papá tuvo un amigo fuera de serie. Se llamaba Eduardo Alonso Escárcega. Se conocieron, supongo, en los años veinte y juntos transitaron por un trozo importante de la historia. Bueno, también la estaban haciendo. La historia.
Desde que tengo uso de razón (es un decir) lo recuerdo en las fiestas y reuniones de mi papá en los departamentos de Roma y Bruselas. Pero cuando yo era niño, poca atención le ponía a esos adultos que se reunían con mi papá a platicar de cosas que no entendía ni me interesaban, lo que, por cierto, era normal.
En la adolescencia las cosas, en ese sentido, no cambiaron.
Pero después, a principios de los ochenta, entré a trabajar al periódico
Unomásuno –quien no haya conocido en aquellos años el diario y lo vea ahora, difícilmente podrá creer que fue el mejor de su tiempo, el más revolucionario y vanguardista, el contestatario y cuestionador, el indispensable– en su suplemento político,
Páginauno, dirigido por otro tipo excepcional: Rodolfo F. Peña. En fin. Entré a
Páginauno, donde Eduardo Alonso era una presencia habitual.
Páginauno era uno de los pocos medios que le daba espacio a la lucha de Eduardo Alonso: la de los jubilados y pensionados del Seguro Social.
Ahí, en el suplemento, pude conocer mejor a ese hombre a quien dejé de llamar señor Alonso o don Eduardo para empezar a decirle, como le decían todos, Lalito.
Lalito Alonso era un tipo fenomenal, incansable, dueño de una cultura (política y de la otra) envidiable, siempre de buen humor y siempre dispuesto a orientar a este eterno aprendiz de periodista.
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En los últimos veinticinco años muchas cosas ocurrieron: Páginauno desapareció, el Unomásuno se convirtió en la caricatura mal hecha de una mala caricatura. Surgieron proyectos periodísticos nuevos y tuve participación en muchos de ellos.
Lalito murió. Fito Peña murió. Mi papá también.
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Hace unas pocas semanas se comunicó conmigo una joven mujer llamada Eréndira Plata, nieta de Eduardo Alonso. Está preparando su tesis acerca de las Casas de las Aseguradas, instancia creada por su abuelo y donde mi propio papá dio cursos de periodismo. Y precisamente de eso quería hablar Eréndira conmigo, de la labor de mi padre en esas casas.
Por desgracia no le fui de mucha ayuda. Evidentemente ella sabe mucho más del tema que yo. Y, finalmente, ella me dio a mí mucho más de lo que yo le pude ofrecer: resulta que entre los papeles que conserva su familia están un manuscrito y una pequeña biografía de Eduardo Alonso, escritas, ambas cosas, por don Hugo.
El manuscrito (no sé por qué perpetúo el error de llamar manuscrito a un documento que no fue escrito a mano, sino que es un original mecanografiado) es la bienvenida al curso, un alegato en favor de la libertad de expresión y una apretada síntesis de la historia del periodismo mexicano.
Eréndira me hizo el enorme favor de escanear los documentos y enviármelos. Acerca de la biografía de Lalito me extenderé más adelante. Ahora quiero hablar del manuscrito que no es manuscrito sino original mecanografiado... y no precisamente sobre su contenido, sino sobre su tipografía.
Hace muchísimos años, mi papá adquirió una máquina de escribir muy peculiar: una gigantesca Hermes verde olivo. Lo usual en los periódicos era la Olivetti, aquél armatoste gris fabricado en Brasil, productor, además, de un respetable escándalo que constituía la música de las redacciones cuando quince, veinte o más reporteros tecleaban al mismo tiempo. Una sinfonía ya olvidada. La Hermes también era escandalosa, pero difería de la Olivetti en otras cosas. Para empezar, la Hermes era poco conocida por estas tierras; el modelo que sí llegó masivamente a México fue el portátil, llamado Baby, traído desde Suiza por su inventor: Gutierre Tibón. Pero la diferencia principal entre ambas marcas era la familia tipográfica: Olivetti venía, si no recuerdo mal, con un tipo times en diez o diez y medio puntos en tanto que Hermes usaba un tipo elite a nueve puntos. Elegante.
Lo que pasó cuando vi el documento mecanografiado por mi papá fue que regresé en el tiempo, varias décadas, a los años de infancia allá en el departamento de Roma, cuando el tecleo de la Hermes, por increíble que parezca, me ayudaba a conciliar el sueño. Ese cadencioso traqueteo me arrullaba porque, ahora lo sé, le decía a mi subconsciente que todo estaba en orden, que estaba en mi casa y mi papá estaba trabajando ahí, como todas las noches.
Para una mente infantil eso era suficiente para dormir tranquilo.
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El folleto con la biografía de Eduardo Alonso (cuya portada encabeza esta entrada) es otro cantar.
No dudo de que mi papá haya redactado algunas partes de esa minibiografía (o que haya proporcionado la información básica para hacerla), pero no es obra suya.
Que me perdone el autor(a), pero el folleto está muy mal escrito y mi papá escribía muy bien.
Tiene faltas de concordancia, la puntuación deja mucho que desear, abusa de las altas (mayúsculas, pues) y más de la mitad del folleto está dedicado a promover la organización de pensionados, que dirigía Lalito. Y no es que sea malo promover un movimiento. No. Pero, entonces, que no vendan la idea de que se trata de una biografía.
Pero hay, además, un detalle que no deja dudas acerca de la no autoría paterna de ese texto. En alguna parte aparece su nombre, algo que él no hubiera permitido: “Ahí, junto con el profesor Arturo Manzanos, director de la misma, y de un equipo de colaboradores entre los que destacaron su hermano Alfonso, Francisco Moreno Jaramillo y Hugo Martínez Moctezuma, logran la participación de más de 12 mil trabajadores en las distintas actividades sociales y educativas que desplegó dicho centro”.
Pero no importa. Igual me dio mucho gusto tener acceso a esos documentos.