domingo, enero 04, 2009

La mordaza más grande de la historia

En el negocio del periodismo hay pifias inolvidables.
Como corrector de estilo de La Jornada, hace más de veinte años (¡chale, cómo envejecen todos!), tuve la inmensa fortuna de detectar varias de ellas. Muchas provenían de las notas del mismo reportero, aún activo y cuyo nombre no tiene caso revelar.
Su obra cumbre fue la siguiente:
Un día de 1985 una serpiente se escapó de su confinamiento en el zoológico de Chapultepec, los transeúntes dieron aviso y unos patrulleros tuvieron que apersonarse para deshacer el entuerto. El reportero de marras narró la hazaña de los dos policías y remató así su crónica: “Finalmente, los dos uniformados, con la frente perlada de sudor, lograron maniatar al reptil”.
¿Alguien se puede imaginar una serpiente maniatada?
Aparentemente ese reportero sí, por una razón muy simple: en su cabeza, “maniatar” y “atar” eran (o son) sinónimos, lo que pude constatar pocos días después en otra de sus notas, en la que hablaba del hallazgo de un par de encajuelados y “maniatados de pies y manos”.
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Pero no hay marca que sea eterna, imbatible. Y las pifias monumentales de la serpiente maniatada y de los maniatados de pies y manos acaban de ser desbancadas.
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Domingo 4 de enero, poco después de las dos de la tarde. Pongo el canal de televisión de Milenio, donde acaba de empezar un segmento informativo conducido (leído) por una tal Dinorah D’León.
Al informar acerca de las ejecuciones del día, la conductora habló de dos cadáveres a los que habían encontrado “amordazados de pies y manos”.
Lo juro.
Así lo dijo.

martes, diciembre 23, 2008

¿Cómo pueden vivir así?

Una noche cualquiera de mediados o fines de los ochentas vi algo realmente perturbador en un noticiero de televisión: se daba alguna información acerca de la guerra civil de Líbano y en la pantalla corrían imágenes del combate más reciente (hasta ese momento) ocurrido en Beirut, donde se veía un encarnizado zafarrancho entre milicianos cristianos y fundamentalistas musulmanes.
Lo perturbador no era el tiroteo en sí mismo (ya desde entonces estábamos insensibilizados ante la violencia bélica), sino lo que ocurría alrededor.
El combate en cuestión tenía lugar en una unidad habitacional que hacía recordar Tlatelolco o la Unidad Kennedy; es decir: bloques de edificios impersonales, feos y destinados al hacinamiento. Pero al fondo, no muy lejos, se veía una vía rápida, una especie de viaducto elevado donde había tránsito vehicular. Y no sólo eso. A un lado de uno de los edificios estaban unas tres o cuatro mujeres, a cubierto de las balas pero no muy lejos de ellas, con sus canastas colgadas del brazo.
Los habitantes de Beirut ya se habían acostumbrado a convivir con la violencia, con la guerra, con los combates callejeros en cualquier rincón urbano y a cualquier hora, con el olor de la pólvora y la muerte a la vuelta de la esquina. Los automovilistas que circulaban por aquél viaducto, a cosa de cien metros de los plomazos, iban a su trabajo o su casa, seguían con sus actividades cotidianas, como si no hubiera unos prójimos matándose ahí al lado. Y las mujeres que llevaban sus canastas, lo que hacían era esperar que terminara el zafarrancho para seguir su camino al mercado, antes, tal vez, de ir por los niños a la escuela.
Lo único que atiné a pensar fue: ¿cómo pueden vivir así?
Cuando el destino nos alcanzó
2008 ha sido un año excesivamente violento en México. Tal vez el más violento en lo que va del siglo.
Año sangriento como pocos. Al número, diríamos que “normal”, de homicidios, hay que sumar la irracional racha de ejecuciones de la guerra del narco y el frenesí homicida de secuestradores que ya no hallan satisfacción en las mutilaciones.
Ya teníamos más de una década embotando nuestra capacidad de indignación con los horrores casi cotidianos de las muertas de Juárez. El resultado es que ahora apenas ponemos atención cuando, por ejemplo, nos enteramos de que el saldo de un motín en el penal de Reynosa fue de 21 muertos, 16 de los cuales fueron quemados vivos.
Doce decapitados en Mérida apenas nos mueven a pergeñar un chiste que tiene que ver con el tamaño de las testas yucatecas y 24 cadáveres tirados como basura cerca de La Marquesa (sí, ese bucólico lugar al que los chilangos vamos a comer quesadillas, a que los niños conozcan el verde y respiren) nos generan malestar sólo porque retrasan la hora de cierre del periódico.
¿Cómo podemos vivir así?
Ahora hay una nueva situación. Antes, sabíamos de asesinatos, ejecuciones y tiroteos en lugares en los que nos parecía que era “normal”: Tijuana, Ciudad Juárez, Culiacán o Matamoros. Pero de un tiempo a esta parte, las muertes del narco se colaron a sitios antes ajenos a esos fenómenos: Acapulco, Morelia, Mérida, Uruapan, Durango...
Y, finalmente, la ciudad de México, la que debería ser la más segura del país, simplemente porque aquí suelen despachar los que trabajan de presidentes (independientemente de si ganan o no las elecciones).
Las primeras señales de que las cosas no estaban marchando bien empezaron con el incremento desorbitado del número de asaltos a casas, de robos de autos, de secuestros, secuestros exprés (durante uno de estos mataron a mi amigo Claudio Cortés, El Gallo, hace casi diez años) y extorsiones telefónicas. Pero, en un alarde de estúpida ingenuidad, nos consolábamos pensando que no estábamos “tan mal” como en las ciudades fronterizas.
(Asesinatos siempre ha habido en ésta muy noble y leal, desde los que resultan de los pleitos de cantina hasta los que cometen los secuestradores, pasando por los pasionales, los de odio, los del abuso de autoridad y cualquiera otro que resulte. La violencia tampoco nos es ajena: la callejera, la doméstica, la de clase, la de género, la de la opulencia frente a la miseria, la de los uniformados contra todos los demás, la de las intolerancias ideológicas y religiosas, etcétera. Pero cada una de estas categorías pertenece a ámbitos distintos de los terrenos del narco y ameritan aproximaciones separadas).
La cosa se empezó a calentar el 15 de febrero de 2008. Ese día, una bomba le explotó en las manos a un tarado que venía jugando con ella, como si trajera una bolsa de cacahuates. Lo bueno fue que no causó daño entre inocentes (había muchos peatones cerca). Murió el portador y su novia quedó herida.
El objetivo a eliminar con esa bomba era un mando de la policía capitalina. La libró.
Luego, ejecuciones al por mayor en la capital del país.
(De la muerte de Mouriño mejor ni hablar. La versión oficial es muy clara: la culpa fue de Stanley Laurel y Oliver Hardy, que quién sabe cómo le hicieron para subirse al avión y tripularlo.)
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¿Cómo podemos vivir así? ¿Cómo podemos seguir viviendo con la inseguridad atenazando cada paso que damos?
Quién sabe. Pero seguimos saliendo a la calle todos los días porque no queremos que el hampa nos robe hasta el derecho de tránsito.
Seguimos viviendo nuestras vidas así como aquellas libanesas que tanto me impactaron hace años.
¿Que cómo pueden vivir así?
Ya sé cómo.

lunes, diciembre 22, 2008

Lalito Alonso


Mi papá tuvo un amigo fuera de serie. Se llamaba Eduardo Alonso Escárcega. Se conocieron, supongo, en los años veinte y juntos transitaron por un trozo importante de la historia. Bueno, también la estaban haciendo. La historia.
Desde que tengo uso de razón (es un decir) lo recuerdo en las fiestas y reuniones de mi papá en los departamentos de Roma y Bruselas. Pero cuando yo era niño, poca atención le ponía a esos adultos que se reunían con mi papá a platicar de cosas que no entendía ni me interesaban, lo que, por cierto, era normal.
En la adolescencia las cosas, en ese sentido, no cambiaron.
Pero después, a principios de los ochenta, entré a trabajar al periódico Unomásuno –quien no haya conocido en aquellos años el diario y lo vea ahora, difícilmente podrá creer que fue el mejor de su tiempo, el más revolucionario y vanguardista, el contestatario y cuestionador, el indispensable– en su suplemento político, Páginauno, dirigido por otro tipo excepcional: Rodolfo F. Peña. En fin. Entré a Páginauno, donde Eduardo Alonso era una presencia habitual.
Páginauno era uno de los pocos medios que le daba espacio a la lucha de Eduardo Alonso: la de los jubilados y pensionados del Seguro Social.
Ahí, en el suplemento, pude conocer mejor a ese hombre a quien dejé de llamar señor Alonso o don Eduardo para empezar a decirle, como le decían todos, Lalito.
Lalito Alonso era un tipo fenomenal, incansable, dueño de una cultura (política y de la otra) envidiable, siempre de buen humor y siempre dispuesto a orientar a este eterno aprendiz de periodista.
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En los últimos veinticinco años muchas cosas ocurrieron: Páginauno desapareció, el Unomásuno se convirtió en la caricatura mal hecha de una mala caricatura. Surgieron proyectos periodísticos nuevos y tuve participación en muchos de ellos.
Lalito murió. Fito Peña murió. Mi papá también.
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Hace unas pocas semanas se comunicó conmigo una joven mujer llamada Eréndira Plata, nieta de Eduardo Alonso. Está preparando su tesis acerca de las Casas de las Aseguradas, instancia creada por su abuelo y donde mi propio papá dio cursos de periodismo. Y precisamente de eso quería hablar Eréndira conmigo, de la labor de mi padre en esas casas.
Por desgracia no le fui de mucha ayuda. Evidentemente ella sabe mucho más del tema que yo. Y, finalmente, ella me dio a mí mucho más de lo que yo le pude ofrecer: resulta que entre los papeles que conserva su familia están un manuscrito y una pequeña biografía de Eduardo Alonso, escritas, ambas cosas, por don Hugo.
El manuscrito (no sé por qué perpetúo el error de llamar manuscrito a un documento que no fue escrito a mano, sino que es un original mecanografiado) es la bienvenida al curso, un alegato en favor de la libertad de expresión y una apretada síntesis de la historia del periodismo mexicano.
Eréndira me hizo el enorme favor de escanear los documentos y enviármelos. Acerca de la biografía de Lalito me extenderé más adelante. Ahora quiero hablar del manuscrito que no es manuscrito sino original mecanografiado... y no precisamente sobre su contenido, sino sobre su tipografía.
Hace muchísimos años, mi papá adquirió una máquina de escribir muy peculiar: una gigantesca Hermes verde olivo. Lo usual en los periódicos era la Olivetti, aquél armatoste gris fabricado en Brasil, productor, además, de un respetable escándalo que constituía la música de las redacciones cuando quince, veinte o más reporteros tecleaban al mismo tiempo. Una sinfonía ya olvidada. La Hermes también era escandalosa, pero difería de la Olivetti en otras cosas. Para empezar, la Hermes era poco conocida por estas tierras; el modelo que sí llegó masivamente a México fue el portátil, llamado Baby, traído desde Suiza por su inventor: Gutierre Tibón. Pero la diferencia principal entre ambas marcas era la familia tipográfica: Olivetti venía, si no recuerdo mal, con un tipo times en diez o diez y medio puntos en tanto que Hermes usaba un tipo elite a nueve puntos. Elegante.
Lo que pasó cuando vi el documento mecanografiado por mi papá fue que regresé en el tiempo, varias décadas, a los años de infancia allá en el departamento de Roma, cuando el tecleo de la Hermes, por increíble que parezca, me ayudaba a conciliar el sueño. Ese cadencioso traqueteo me arrullaba porque, ahora lo sé, le decía a mi subconsciente que todo estaba en orden, que estaba en mi casa y mi papá estaba trabajando ahí, como todas las noches.
Para una mente infantil eso era suficiente para dormir tranquilo.
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El folleto con la biografía de Eduardo Alonso (cuya portada encabeza esta entrada) es otro cantar.
No dudo de que mi papá haya redactado algunas partes de esa minibiografía (o que haya proporcionado la información básica para hacerla), pero no es obra suya.
Que me perdone el autor(a), pero el folleto está muy mal escrito y mi papá escribía muy bien.
Tiene faltas de concordancia, la puntuación deja mucho que desear, abusa de las altas (mayúsculas, pues) y más de la mitad del folleto está dedicado a promover la organización de pensionados, que dirigía Lalito. Y no es que sea malo promover un movimiento. No. Pero, entonces, que no vendan la idea de que se trata de una biografía.
Pero hay, además, un detalle que no deja dudas acerca de la no autoría paterna de ese texto. En alguna parte aparece su nombre, algo que él no hubiera permitido: “Ahí, junto con el profesor Arturo Manzanos, director de la misma, y de un equipo de colaboradores entre los que destacaron su hermano Alfonso, Francisco Moreno Jaramillo y Hugo Martínez Moctezuma, logran la participación de más de 12 mil trabajadores en las distintas actividades sociales y educativas que desplegó dicho centro”.
Pero no importa. Igual me dio mucho gusto tener acceso a esos documentos.

lunes, diciembre 08, 2008

El santo oral

Hoy es día de san Juan (Lennon) y de santa Bárbara (Moctezuma).

sábado, octubre 04, 2008

Duele Tlatelolco

Para quienes tengan algún interés en la cronología que he venido esbozando sobre el movimiento estudiantil de 1968 (gracias por la promoción, Rafael, y nos vemos el día 13), la acabo de mudar a un blog monotemático. Lo pueden ver aquí o en los vínculos de la derecha, donde dice "Tlatelolco".

jueves, septiembre 25, 2008

Sospechosos comunes

Esa era la mesa de redacción de Crónica. La foto debe haber sido tomada a principios o mediados de 1997 en la primera sede del periódico, en Río Hudson, en la Cuauhtémoc.
A la izquierda, sentado y con cara de fastidio, Tomás Tenorio. A su lado, hablando por teléfono, Eloín Santos. Sigo yo y a mi izquierda está un compañero cuyo nombre se me escapa.
Luego vienen: Arturo López (actual compañero en Excélsior y cuyo apodo variaba: con anteojos era Clark Kent y sin ellos, Supermán. Es el único mormón que conozco, por cierto), el dottore Francisco Báez (entrañable amigo, con quien he trabajado, intermitentemente, en más de un lugar desde hace un cuarto de siglo), Carlos Patiño (el hombre enciclopédico, el abuelo de Miguel y trabajando otra vez en Crónica, como el doctor Báez), el buen camarada Fito Zárate y, al final, Walter.

martes, septiembre 23, 2008

Mucha sangre

Mis entradas más recientes han salpicado sangre a diestra y siniestra, pero ha sido involuntariamente. La culpa la tiene el país, que se nos volvió una nota roja gigantesca.
Escribí de los días en los que el movimiento del 68 se empezó a desmadrar, con muertos de los dos lados, lo que nos dice que el asunto no es nuevo (y aún no llego al 2 de octubre).
Escribí de las granadas del 15 de septiembre que mataron a ocho personas en Morelia (un niño entre ellas), hirieron a más de cien y, literalmente, pintaron de rojo las baldosas de la plaza Melchor Ocampo.
Me di tiempo de mencionar el fallecimiento de Rick Wright (no violento, hay que decirlo) y, como de pasada, me referí a los doce decapitados de Mérida y los 25 (fueron 25, no 24) ejecutados que tiraron en La Marquesa.
El país es una nota roja. Una muy grande: de dos millones de kilómetros cuadrados con más de cien millones de habitantes (y tener a más de cien millones de habitantes viviendo con miedo no es poca cosa).
El problema es que no quiero vivir en una nota roja, especialmente si no tengo nada que ver con ella. Ahora nos salen con que todos somos corresponsables de este clima de violencia, así sea por omisión. Es algo que no acepto, porque nunca ha estado en mis manos la seguridad nacional, nunca he pactado con el crimen organizado ni soy responsable de la corrupción de jueces y policías.
No quiero vivir en una nota roja.

lunes, septiembre 22, 2008

Tlatelolco, día 62. La batalla de Tlatelolco

El sábado 21 de septiembre siguieron los enfrentamientos en Zacatenco, mientras los chavos de la Voca 7 se preparaban con piedras y bombas molotov para recibir en Tlatelolco a los granaderos y los adolescentes de la prevocacional 4 y de la secundaría 83, así como los propios tlatelolcas y vecinos de otras zonas aledañas, se unían a los estudiantes de la Voca 7. Jaime Reyes García narró: “Los chavitos de secundaria, aprovechando el sábado, se integraron para pertrecharse contra los granaderos (...) Teníamos las azoteas de los edificios llenas de chavos con piedras gordas”. Los estudiantes quemaron trolebuses, patrullas y un jeep e interrumpieron el tránsito en San Juan de Letrán, para tratar de distraer a la policía, que en ese momento está atacando Zacatenco.
Jaime Reyes contó que los jóvenes “Decíamos: ‘En Zacatenco nos están golpeando, vamos a provocar situaciones para que vengan por nosotros que sí estamos preparados para enfrentarlos”. A las seis y media de la tarde llegaron a Tlatelolco los granaderos y empezó, dice García Reyes, “una de las batallas más temibles que hayamos tenido contra ellos, y con un saldo positivo para nosotros”. Granaderos, policía montada y gendarmería “bajo el mando del teniente coronel Armando Frías y del general Cueto Ramírez”, concentran su ataque sobre la Voca 7. Los estudiantes, parapetados en los edificios aledaños, atacaron a los granaderos con piedras, palos y bombas molotov, y los vecinos de Tlatelolco les aventaban “baldes de agua caliente”. Los granaderos respondieron con gases lacrimógenos y las mismas piedras arrojadas por los estudiantes.
En medio de la refriega “un militar, que andaba de civil, de apellido Urquiza, intentó llegar a su casa en Tlatelolco y vio que unos granaderos golpeaban a su madre. Sacó su pistola y mató a dos granaderos”. David Ortega relata que los estudiantes de todos los planteles de Zacatenco, al saber de los enfrentamientos en Tlatelolco, enviaron “refuerzos hacia la zona de combate. Prácticamente se divide la ciudad y se abre un campo de enfrentamiento directo. Se organizan brigadas de carros que llevan y traen a los que están golpeados, a los intoxicados con gases, y de alguna manera funcionan como retaguardia de los enfrentamientos”. La lucha se extendió hacia Peralvillo, la colonia Ex Hipódromo y Tepito. Y narra García Reyes que en Ex Hipódromo de Peralvillo, los jóvenes aventaban llantas encendidas a los policías: “A las doce de la noche no había un solo detenido, los granaderos habían agotado sus provisiones de armas, habían muerto dos de ellos, y se pusieron a disparar, a mí me consta. Ví
granaderos disparando con pistola. Cuando ya estaban totalmente derrotados, llegó el ejército...”

Tlatelolco, día 61. Zacatenco

El viernes 20 de septiembre, Barros Sierra declaró: “La ocupación militar de la Ciudad Universitaria ha sido un acto excesivo de fuerza que nuestra casa de estudios no merecía. De la misma manera que no mereció nunca el uso que quisieron hacer de ella algunos universitarios y grupos ajenos a nuestra institución (...) La atención y solución de los problemas de los jóvenes requieren comprensión antes que la violencia. Seguramente podrían haberse empleado otros medios. De las instituciones mexicanas y de nuestras leyes y tradiciones se derivan instrumentos más adecuados que la fuerza armada (...) Así como apelé a los universitarios para que se normalizara la vida de nuestra institución, hoy los exhorto a que asuman, dondequiera que se encuentren, la defensa moral de la Universidad Nacional Autónoma de México y a que no abandonen sus responsabilidades (...) La Universidad necesita, ahora más que nunca, de todos nosotros. La razón y la serenidad deben prevalecer sobre la intransigencia y la injusticia”.
Echeverría manifestó: “La fuerza pública saldrá de la Ciudad Universitaria y ésta será entregada a las autoridades universitarias inmediatamente que éstas lo soliciten”.
En la sesión de la Cámara de Diputados se produjo un violento debate en torno al conflicto estudiantil. La diputación del PAN propuso que la Cámara pidiera a Díaz Ordaz que ordenara el retiro inmediato del ejército de CU y acordara llamar al jefe del DDF y al secretario de Gobernación e invitar a los procuradores general y del Distrito y Territorios Federales, “con el objeto de que rindan un informe preciso y detallado respecto al conflicto estudiantil, sus orígenes e implicaciones”.
El diputado Octavio A. Hernández, jefe de la diputación priista del DF, asestó cargos contra las autoridades de la UNAM, pretendiendo hacerlas responsables del conflicto. Culpó directamente al rector, afirmando que éste inició “una conducta que, por lo que hace a su pasividad tiene, a mi modo de ver, mucho de criminal, y por lo que hace a sus actos, muchos matices de delito”. Para el diputado “la autonomía fundamentalmente implica libertad de cátedra”, y se pregunta “¿En algún momento el gobierno de la república, los policías, el ejército, la fuerza pública en cualquiera de sus manifestaciones ha puesto un bozal a los profesores?”
El diputado Luis M. Farías hizo declaraciones a la prensa contra el rector de la UNAM, considerándolo “impotente para resolver problemas internos de la casa de estudios”.
Entre el 20 y el 30 de septiembre aparecieron en los periódicos desplegados y cartas repudiando la ocupación militar de CU y se exigía su desocupación y la libertad de todas las personas detenidas.
La Asamblea de Intelectuales y Artistas protestó por el uso anticonstitucional del ejército, la suspensión de hecho de las garantías individuales, la cesación de la autonomía universitaria, el ejercicio de medidas represivas en sustitución del diálogo, la clausura oficial de todo proceso democrático en el país y la detención ilegal, arbitraria y totalmente anticonstitucional de cientos de personas, cuyo único delito era encontrarse en el centro de estudios en el momento que fue ocupado por el ejército.
En el mismo sentido se manifestaron el Partido Comunista Mexicano, el Sindicato de Profesores de la UNAM, la Escuela Nacional de Artes Plásticas, un grupo de profesores de la UNAM, la Asamblea de Estudiantes y Profesores de las escuelas de Ciencias Políticas y Sociales, Antropología, Arquitectura y Psicología de la Universidad Iberoamericana, la Asociación de Trabajadores Administrativos de la UNAM, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, el Partido Acción Nacional, el Movimiento Revolucionario del Magisterio, la Confederación de Jóvenes Mexicanos, la Asociación de Profesores de la Escuela Nacional de Economía, profesores de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas, los médicos residentes e internos del Hospital General del Centro Médico Nacional del IMSS, de los hospitales General, Juárez, de la Mujer y de Maternidad Isidro Espinoza de los Reyes de la SSA, y de los hospitales de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas –que estaban en paro indefinido desde el 19 de septiembre. en apoyo al CNH–, el Círculo Nacional Obrero Campesino, y la Central Campesina Independiente.
También se publicaron en la prensa desplegados de organizaciones empresariales y del PRI apoyando la decisión del gobierno de ordenar la intervención del ejército en CU. La Cámara Nacional de la Industria de la Transformación, la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio y la Confederación de Cámaras Industriales coincidieron con los tres sectores del PRI en calificar la medida del gobierno como un acto restablecedor del orden. La Concamin manifestó que “los motines y algaradas estudiantiles han creado un ambiente de inquietud que, si se prolonga, puede obstaculizar el desarrollo económico del país, que se nutre fundamentalmente de estabilidad política, paz social y unión entre los mexicanos”. La Concanaco apoyó “esta acción de orden de un gobierno cuya principal responsabilidad y función es precisamente el mantener la paz pública en contra de cualquier interés sectario”.
Durante todo el día hubo choques violentos entre estudiantes y policías en Zacatenco, en la Voca 7, en la plaza de la Ciudadela –donde estaban las vocas 2 y 5– y en Santo Tomás.
Media hora después del mediodía, la policía irrumpió en la Unidad de Zacatenco y lanzó gases lacrimógenos a los estudiantes. Éstos respondieron con piedras y bombas molotov. Un policía fue capturado por los estudiantes y otro resultó con heridas de consideración. Entre los estudiantes había muchos heridos. En la Voca 7, los granaderos se enfrentaron con los estudiantes. Lanzaron gases lacrimógenos, de un lado, y bombas molotov, del otro. Como resultado de los enfrentamientos fueron aprehendidos aproximadamente 200 jóvenes, quienes fueron llevados a la decimotercera delegación.
En Chihuahua se celebró el Encuentro Nacional de Dirigentes Estudiantiles. Se acordó reforzar la lucha estudiantil y condenar la ocupación militar de la UNAM y exigir su retiro inmediato de esa casa de estudios.
Los representantes de las Escuelas Rurales informaron que el lunes 23 iniciarían una huelga.
En Puebla se realizó una manifestación silenciosa en protesta por la ocupación militar de CU.
Según el informe de la Femospp: El día 20, la DFS detuvo en el domicilio ubicado en Pedro Luis Ogazón número 2, colonia Vallejo, a “ocho estudiantes que estaban ‘sesionando para organizar brigadas políticas’. En ese lugar, además, estaban imprimiendo en un mimeógrafo propaganda elaborada por la Tita con ‘severos ataques al gobierno”. La casa era propiedad, según la Femospp, de Consuelo Cabrera Salazar, quien vivía allí con su hija Lucelia Mariscal Villanueva Olvera.

La noche de las granadas



Se llamaba Ángel Uriel, tenía 13 años e iba en segundo de secundaria. Nada más 13 años.
La noche del 15 de septiembre de 2008 estaba con su familia (sus papás, su abuela Elisa, su hermano José, su madrina María Elena y su hermana Alexa), en la plaza Melchor Ocampo de Morelia, para divertirse en la verbena que rodeaba la ceremonia del grito.
A estas alturas todos sabemos lo que pasó en ese lugar, ese día, poco después de las once de la noche. Lo que se sabe menos es que la familia de Ángel Uriel quedó rota ahí mismo: la abuela Elisa murió, José quedó levemente herido, pero con su cuerpo pudo proteger a la pequeña Alexa (a la postre, ella fue la única que resultó físicamente ilesa); la madrina María Elena también resultó herida, como el papá y la mamá... ambos, aún internados.
Y Ángel Uriel...
Ángel Uriel quedó muy cerca de donde estalló la primera granada. Fue llevado al Hospital Infantil y, para su fortuna, estaba en coma. ¿Por qué para su fortuna? Porque sus lesiones eran terribles. De acuerdo con un boletín de la secretaría michoacana de salud, emitido el viernes pasado, el niño tenía la siguiente condición clínica: “FRACTURAS DE AMBAS PIERNAS, AVULSIÓN ESCROTAL CON EXPOSICIÓN DE TESTÍCULO IZQUIERDO, HERIDA ABDOMINAL CON EVISCERACIÓN Y VARIAS PERFORACIONES INTESTINALES Y QUE REQUIRIERON RESECCIÓN, CHOQUE HIPOVOLÉMICO, 2 PAROS CARDIORRESPIRATORIOS X PB. COAGULOPATÍA”.
Pese al lenguaje tan técnico, se entiende perfectamente en qué estado quedó Ángel Uriel por una granada que, hasta el momento, no sabemos quién arrojó, por órdenes de quién o para qué.
El sábado pasado, 20 de septiembre, Ángel murió.
Y sólo tenía 13 años.